A los 13 años empecé a notar algo: mis compañeros no cumplían sus proyectos no por falta de tiempo, sino porque procrastinaban. La lista interminable de tareas los forzaba a dormir tarde o no dormir, y lo peor: tenían que renunciar a lo que más amaban. Alguien dejaba el fútbol. Otro abandonaba el arte. Yo casi dejo la programación.
Después de años pensando en cómo resolverlo, nació NeuroSchedule. Hoy tengo 15 años y el objetivo es más grande: que ningún estudiante tenga que elegir entre sus responsabilidades y sus pasiones.
Tu donación no solo financia una app. Financia el sueño de un joven programador costarricense de cambiar la educación.